Un 18 de mayo de 1915 comenzó la producción industrial del mineral que transformó la economía del país. A más de un siglo de su nacimiento, el coloso minero celebra su aniversario manteniendo viva la mística y la nostalgia de su histórico campamento, mientras avanza con fuerza en su era subterránea.
Foto: RRSS
Una de las leyendas vivientes más grandes de la minería mundial y el patrimonio nortino está de fiesta. Chuquicamata, la emblemática mina que transformó la economía de Chile y dio vida a un campamento imborrable en la memoria colectiva, cumple 111 años desde que comenzó formalmente sus operaciones de lixiviación de cobre, consolidando un viaje histórico que comenzó a escribirse un 18 de mayo de 1915 bajo el impulso de la empresa Chile Exploration Company.
La historia de «Chuqui» es mucho más que la gigantesca escala de su rajo abierto —que por décadas ostentó el título del más grande del mundo—. Es, por sobre todo, la historia de su campamento. En pleno desierto de Atacama, a más de 2.800 metros de altura, se levantó una verdadera ciudad que llegó a albergar a más de 25 mil habitantes.
Generaciones enteras de familias mineras crecieron recorriendo la Plaza Los Héroes, comprando en el icónico almacén «La Verbena», disfrutando de las funciones en el Teatro Chile o el Auditorio, y dando vida a una comunidad con una identidad tan fuerte que el arraigo persiste intacto hasta el día de hoy, a pesar del definitivo traslado de la población hacia Calama que culminó en el año 2007 debido a las exigencias ambientales y de expansión de la mina.
Hoy, declarada Zona Típica y Monumento Nacional, la magia de Chuquicamata se resiste a desaparecer. Mientras el mineral vive una histórica transformación tecnológica y operativa a través de su proyecto subterráneo para asegurar la producción por las próximas décadas, el campamento vuelve a abrir sus puertas cada mayo para recibir a miles de familias y «chuquicamatinos» que viajan desde distintos puntos del país para reencontrarse con sus raíces, sus antiguas casas, sus escuelas y el viento característico de una tierra que forjó el sueldo de Chile.
Son 111 años de una epopeya humana y minera que sigue latiendo con fuerza en el corazón de la Región de Antofagasta.
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